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Con otros ojos


jueves, 29 de diciembre de 2011

En estas vacaciones estoy yendo bastante al monte y como tampoco subimos colosos ni montañas míticas, te da tiempo a pensar en algo más que en un dolor de piernas a la tarde. El campo ahora está en invierno, como durmiendo, y apenas hay colores más allá de los pardos y los tonos marrones oscuros, los árboles están desnudos y el suelo embarrado está justo debajo de una alfombra de hojas muertas. El frío hace que todo se cubra de una patina blanca que con el primer rayito de sol se convierte en gotitas brillantes, pero mis ojos además de esa belleza ven más cosas. Esto de haber estudiado biología, de saber cómo funcionan las criaturas vivas, hace que mires diferente, que escuches otra sinfonía más allá de la que genera el viento en las ramas desprovistas de las máquinas fotosintéticas. Cuando veo una hoja de haya en el suelo me vienen a la cabeza nombres de pigmentos vegetales, fórmulas y reacciones que se dan en su metabolismo cuando está viva o cuando el otoño dicta su ley y la despega de la rama, nombres científicos que creía olvidados, y todo en una especie de película atropellada a ritmo de videoclip musical. No, no le estoy quitando la poesía al monte, es algo natural y que desde niño me ocurre, me gusta ver más allá, mucho más allá y tener ojos como microscopios para ver lo infinitamente pequeño, ese baile de moléculas e interacciones, y que a las noches se conviertan en telescopios y poder disfrutar de lo infinitamente grande, del Universo. Eso sí, la montaña en invierno huele poco, así que uno de mis sentidos más afilados espera a la primavera. Llegará.


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